Así viví­ la gala de los Goya

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Aunque cueste creerlo, acudí la mar de tranquilo a la gala de los Goya. ¿Por qué? Pues hablando claro: había tenido ocasión de leer algunas críticas (que, efectivamente, me criticaban) y alguna que otra profecía: “os adelanto que Antonio de la Torre ni estará nominado ni entrará en las quinielas” (tioscar Sept-2009), al tiempo que hacia otros compañeros los elogios eran casi unánimes, de lo cual me alegro sinceramente. Y como no creo que haya un complot contra mi, ni alguien a quien le caiga especialmente mal, decidí que todo esto era, por asi decirlo, una señal.

La Gran Ilusión

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Mi gran ilusión siempre ha sido ser otro. Cuando Benito Zambrano me ofreció trabajar en Padre Coraje, mi primer papel de cierta enjundia, me hizo tanta ilusión que me puse manos a la obra: adelgazé para convertirme en un yonqui, me junté con toda la nobleza marginal de la Alameda de Sevilla, viajé a Jerez, para conocer a la persona en la que estaba inspirada mi personaje. Tenia el sueño de ser otro. Por eso, tras la proyección, no pude evitar la groserí­a de recibir las felicitaciones (algunas me parecerieron aquel dí­a realmente sinceras) con el rostro triste y ausente, como si esas personas fueran ignorantes o me importarán un bledo. Aprovecho ahora para disculparme. Tras muchos meses de fantasí­a, aquel dí­a se habí­a descubierto la mascarada…

La abundancia

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Por fin me decidí­ a visitar al endocrino. Tengo que hacer algunos ajustes en el peso por aquello de mi apasionante profesión. Aunque mi mejor amigo, Alberto, me dice que mi apariencia es la de un fornido atleta – cada vez que me miro al espejo me digo que es imposible que vaya a cumplir cuarenta en un par de meses- siempre es bueno prevenir y hacer algunos ajustes de cara a la Navidad. El medico al que visito es un profesional de sobrado prestigio en el deporte de alta competición -cuyo nombre omitiré porque no se si le interesa publicitarse en mi blog- y también un amigo que me recibe con un abrazo. “Subete aqui”, me dice. Y de un saltito poso agil mi cuerpo sobre un aparato que parece una bascula de ikea. Al cabo de unos segundos el diagnóstico es infalible: “Tienes sobrepeso de grado I”.