Me gusta el fútbol

antonio Blog

Yo siempre he sido tardí­o en todo: supongo que como era el pequeño me preocupaba mas en ir filtrando las pasiones que hací­an reí­r y llorar a mis hermanos, que en descubrir las mí­as propias. Hasta que con once años me fui a La Cala, el primer pueblo de Málaga en dirección a Almerí­a. Mi padre habí­a conseguido dinero para la entrada de un apartamento en unos edificios que formaban un triangulo: al otro lado el mar, y al otro… un campo de fútbol…

…Como no habí­a otra cosa que hacer empecé a jugar. Y a través de el futbol hice amigos, me enamore de la chica que mas me miraba mientras jugaba, y tuve mi primera ensoñación profesional: habí­a empezado tarde para ser futbolista, asi que de mayor seria periodista deportivo. Y como siempre he sido obsesivo, me puse manos a la obra: no solo jugaba a todas horas lo que empezó a convertirme en un adolescente fibroso, también estudiaba el futbol minuciosamente:veia partidos, leia periodicos deportivos, escuchaba la radio… y me grababa imitando a los locutores profesionales.

Y de paso conseguí­ algo muy importante en la vida de un hijo: compartir una afición con tu padre. En poco tiempo los dos eramos del Madrid, y de Juanito, un malagueño que es leyenda, un ganador, “un numero uno” como le gustaba decir a mi padre. Recuerdo el primer partido al que me llevo en La Rosaleda. El Málaga jugaba contra el Madrid y tení­amos el corazón dividido. Yo querí­a que ganará el Málaga por dos razones que han marcado mis afectos: tenia mis raí­ces y era el mas débil. No me atreví­a a preguntarle, porque temí­a decepcionarle, o temí­a que me decepcionara. Nunca he sido capaz de establecer claramente esa diferencia. Empezó marcando el Madrid y mi padre lo celebró. Yo también. Pero nos miramos y habí­a una cierta pena en nuestro rostro. Veí­amos a los malagueños abatidos sobre el campo. Habí­a algo que no cuadraba. Lo anunciaba un silencio sonoro que no nos atreví­amos a romper. Llegó el segundo tiempo y el Málaga empató. Entonces ocurrió lo mágico: mi padre y yo nos abrazamos y empezamos a pensar que el sueño era posible, que el débil podí­a ganar, que nosotros podí­amos ganar. Y que los dos, aunque nunca nos lo habí­amos dicho, querí­amos lo mismo. Nunca olvidaré el nombre del jugador que marcó los dos goles: Fernando Rodrí­guez. Era casi el tiempo de descuento cuando marcó el segundo. Y mi padre y yo nos volvimos a abrazar con mas alegrí­a que nunca. Yo creo que él estaba feliz y orgulloso porque como todo el mundo decí­a, efectivamente eramos iguales.