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Vivir en el éxito

Ver jugar a la selección se ha convertido en un acto reconocible. Es como ir al parque de atracciones: puede llover, haber mucha cola para entrar, o devorarte la ansiedad -esa ansiedad infantil añorada desde los tiempos de naranjito cuando lloré al ver eliminada la seleccion en el 82, mientras yo remiraba impotente mi album de cromos-, pero tienes la diversión asegurada. Cuando a alguien se le instala la pasión por el fútbol en la infancia, sabes que es un sentimiento que no te va a abandonar. Leer mas: http://www.cuartopoder.es/invitados/vivir-en-el-exito/751

Al niño que fuí

Acabo de salir del campo y escribo con mis pulgares en el IPhone mientras mis hermanos comentan el partido. Nunca soñé este momento. Nadie se movía de la Rosaleda tras el pitido final. Desde la cabina de prensa de Tribuna me he recordado en todas las partes que vivi en este estadio: en la esquina de gol con preferencia en la goleada al Madrid en el 83, en fondo a finales de los 70 cuando vi mi primer partido frente al Burgos, en gol a finales de los 90 en el inolvidable ascenso ante el Albacete. Me he abrazado a mi amigo Javier Recio -compañero de correrías en la Facultad cuando me apodaban, y no por mi talento futbolístico, Juanito- en el gol de Rondòn. Yo no he vivido esto nunca, dice mi hermano Enrique. Esto es único, comenta mi otro hermano Javier. Hacia un año que no visitaba este lugar donde tanto soñé. Supongo que es lo que toca. Darle espacio a las emociones, que al fin y al cabo se confunden en el tiempo. ¿Cuanto hace que Juan Carlos Rodríguez le marco dos goles al Madrid para terminar remontando dos a uno? Ese instante para mi es eterno porque me abracé con mi padre. Esa alegría que ya no podemos compartir hoy. Entonces era un niño y mi dimensión de la vida, del tiempo y de las emociones conseguía que todo se detuviera en un instante único. El Málaga es un sentimiento. Y los sentimientos son eternos. Por eso, tal vez algún malaguista dentro de muchos años recuerde esta noche. Y le parezca que fue ayer.

Estados de ánimo

Cuanto mas lo pienso, mas paralelismos encuentro entre cine y fútbol: ambos suelen durar 90 minutos y aseguran un carrusel de estados de animo. Llevaba toda la semana barruntandolo -y lo dije en una emisora preguntado al respeto-: el Betis va a dar el disgusto. Es una ley extraña que gravita en torno a mi vida y me asegura que la felicidad nunca será completa. Las bajas, especialmente la de Caballero, me devolvían a cierta consciencia terrenal. Y como en el cine, un guión previsible -dominio del Málaga- llevaría a un final inesperado. El verdadero valor de la victoria alcanzada te lo da la última derrota. Recuerdo la que sufrió España frente a Francia en el mundial de 2006. Le dije a un amigo algo parecido a las palabras de Anthony Hopkins en Lo que queda del día: tal vez no lo veamos, pero la amargura de hoy será la felicidad de mañana, . Ese valor del instante lo simboliza el bético Rubén cuando al marcar el cero a uno decide abrazarse con su sicóloga. La victoria es una cuestión de mentalidad, pero disfrutarla depende de las expectativas. Uno es libre de soñar y en función de eso, defraudarse o no. Yo ya he elegido el final de mi película: El Málaga jugará la champions.

Me gusta correr

Acabo de venir de correr. Hace ya mucho tiempo que lo hago. Quizás llevo haciéndolo toda la vida. Ya no me acuerdo bien. Para mí fue como un impulso, una necesidad desde que gané mi primera carrera en mi barrio no siendo siquiera un adolescente. Mi padre se empeñó en que fuera un corredor, tal vez se empeñaba en que fuera el número uno en algo. Yo entonces corría pensando en darme a conocer al mundo que me rodeaba. Ahora corro pensando en conocerme a mí mismo. En realidad nunca dejé de hacerlo.

Hubo una época entre los 20 y los 30 años que me consideraba más eterno que nunca, quizás por eso dejé de correr. Bueno, en realidad sí lo hacía, pero no del modo deportivo al que me refiero: huía. En general soy bastante disperso. He tenido muchas curiosidades, también por varios deportes. Al final he seguido corriendo, sólo. Correr se ha convertido en lo único practicable en mi vida, la que he elegido. Ahora no huyo, corro. Este deporte me permite dominar mi voluntad, con frecuencia huidiza y sometida al pliegue de vicios y compulsiones.

Correr y dejar de hacerlo me ha servido para domesticar mi cuerpo en el último año para poder rodar “Gordos”. Una película que me transformó en otro. Corrí la primera media maratón de mi vida. Cuatro días después paré de correr, gané 30 kilos, comí sin parar, paré de comer, volví a correr, volví a perder 30 kilos, volví a correr la misma prueba y bajé un minuto. Ciclo vital completado.

La superación existe: no se trata de una marca, no se trata de ser el mejor. Tan sólo se trata de vivir, cuidarte, conocerte, ser valiente, acertar, equivocarte, esforzarte, asumirte, comprenderte, alimentarte, serenarte… y, en mi caso, también correr.

Así viví­ la gala de los Goya

Aunque cueste creerlo, acudí­ la mar de tranquilo a la gala de los Goya. ¿Por qué? Pues hablando claro: habí­a tenido ocasión de leer algunas crí­ticas (que, efectivamente, me criticaban) y alguna que otra profecí­a: “os adelanto que Antonio de la Torre ni estará nominado ni entrará en las quinielas” (tioscar Sept-2009), al tiempo que hacia otros compañeros los elogios eran casi unánimes, de lo cual me alegro sinceramente. Y como no creo que haya un complot contra mi, ni alguien a quien le caiga especialmente mal, decidí­ que todo esto era, por asi decirlo, una señal.

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La Gran Ilusión

Mi gran ilusión siempre ha sido ser otro. Cuando Benito Zambrano me ofreció trabajar en Padre Coraje, mi primer papel de cierta enjundia, me hizo tanta ilusión que me puse manos a la obra: adelgazé para convertirme en un yonqui, me junté con toda la nobleza marginal de la Alameda de Sevilla, viajé a Jerez, para conocer a la persona en la que estaba inspirada mi personaje. Tenia el sueño de ser otro. Por eso, tras la proyección, no pude evitar la groserí­a de recibir las felicitaciones (algunas me parecerieron aquel dí­a realmente sinceras) con el rostro triste y ausente, como si esas personas fueran ignorantes o me importarán un bledo. Aprovecho ahora para disculparme. Tras muchos meses de fantasí­a, aquel dí­a se habí­a descubierto la mascarada…

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Viviendo deprisa

Tomo prestado este nombre tan poco original y me decido a escribir motivado por las peticiones de uno o ningún bloguero (que no se enfade Harima, pero a veces pienso que se trata de algun/a un colega disfrazado/a). La verdad es que he vivido algunas experiencias desde la última entrada que escribí­: A ver que me acuerde… A ver… Viaje a Moscú y Austria (España campeona de Europa) y un largo peregrinar dietético y geográfico con parada en Santander para el rodaje de la pelí­cula Gordos, de Daniel Sánchez Arévalo. Prometo que a cada pequeña estación de mi periplo me decí­a: ¡ya está! Sobre esto escribo: Los moscovitas son maravillosos, increí­bles, resignados a su Zar Putin. Un pueblo curioso e inquieto, casi infantil en algunos aspectos. Cuando Palina, la chica pizpireta generosa y sensible, que me recogió en el aeropuerto me dijo: “es que los rusos necesitamos alguien fuerte que nos diga que tenemos que hacer”, lo tuve claro: Sobre esto tengo tema seguro. Pero nada…

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Festival de Cine de Málaga

Yo creo que andaba entre Madrid y Sevilla tratando como siempre de resolver esa extraña ecuación que ronda mi cabeza entre el amor cada vez mas intenso e inevitable hacia mi profesion de actor, y la necesidad -supongo que mas aprendida que innata- de tener estabilidad, esa cosa por la que la gente -yo incluido- renuncia a tantos sueños. Una extraña amante esa estabilidad: te pasas toda la vida buscandola y cuando la alcanzas no logra darte la ansiada satisfacción. A veces ocurre algo peor. Cuando por fin tienes suficiente madurez para disfrutarla llega la muerte y te la arrebata. Pero en fin, no quiero arrancar este post poniendome agorero o melancólico. Solo querí­a decir que yo siempre he querido ir al Festival de Cine de Málaga, incluso antes de que se creara.

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Me gusta el fútbol

Yo siempre he sido tardí­o en todo: supongo que como era el pequeño me preocupaba mas en ir filtrando las pasiones que hací­an reí­r y llorar a mis hermanos, que en descubrir las mí­as propias. Hasta que con once años me fui a La Cala, el primer pueblo de Málaga en dirección a Almerí­a. Mi padre habí­a conseguido dinero para la entrada de un apartamento en unos edificios que formaban un triangulo: al otro lado el mar, y al otro… un campo de fútbol…

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Nueva York

Por fin fui a Nueva York. La ciudad con la que siempre soñé. Y ciertamente, por mas vueltas que le he dado en estos quince dí­as, me sigue pareciendo inclasificable. Me llama la atención la locuacidad de los neoyorquinos, su afabilidad, su manera de vivir y comportarse: como si no fueran los ciudadanos mas envidiados del planeta. Incluso ajenos a ello. Aunque parezca un perogrullo yo diria que les veo bastante libres. Me abruma el exceso en restaurantes, bares, tiendas. Todo es barato y accesible y a la vez caro e imposible. Pero sobre todo, interminable. Es la abundancia en estado puro. La ciudad ejerce un magnetismo como el de la famosa nave planetaria de “La Guerra de las Galaxias”. Impresiona cuando se observa en la distancia, ejerce una atracción magnética y una vez dentro, no puedes salir.

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