Al niño que fui

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Acabo de salir del campo y escribo con mis pulgares en el IPhone mientras mis hermanos comentan el partido. Nunca soñé este momento. Nadie se movía de la Rosaleda tras el pitido final. Desde la cabina de prensa de Tribuna me he recordado en todas las partes que vivi en este estadio: en la esquina de gol con preferencia en la goleada al Madrid en el 83, en fondo a finales de los 70 cuando vi mi primer partido frente al Burgos, en gol a finales de los 90 en el inolvidable ascenso ante el Albacete. Me he abrazado a mi amigo Javier Recio -compañero de correrías en la Facultad cuando me apodaban, y no por mi talento futbolístico, Juanito- en el gol de Rondòn. Yo no he vivido esto nunca, dice mi hermano Enrique. Esto es único, comenta mi otro hermano Javier. Hacia un año que no visitaba este lugar donde tanto soñé. Supongo que es lo que toca. Darle espacio a las emociones, que al fin y al cabo se confunden en el tiempo. ¿Cuanto hace que Juan Carlos Rodríguez le marco dos goles al Madrid para terminar remontando dos a uno? Ese instante para mi es eterno porque me abracé con mi padre. Esa alegría que ya no podemos compartir hoy. Entonces era un niño y mi dimensión de la vida, del tiempo y de las emociones conseguía que todo se detuviera en un instante único. El Málaga es un sentimiento. Y los sentimientos son eternos. Por eso, tal vez algún malaguista dentro de muchos años recuerde esta noche. Y le parezca que fue ayer.

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